
Por los senderos de Bowen Island
Una de las ventajas que te da el haber pasado ya cierto tiempo en un sitio es que empiezas a conocer de actividades y lugares más allá de lo promocionado en las guías turísticas. Una visita a Bowen Island es un perfecto paseo dominguero cargado con las apropiadas dosis de placer, deporte y aventura.
Cruzando el charco
Para ir a la isla, el primer paso fue llegar a la pintoresca localidad de Horseshoe Bay, al oeste de West Vancouver. A pesar de lo relativamente lejos se le puede llegar fácilmente usando el transporte público regular. Una vez allí, procedimos a comprar nuestro ticket para abordar uno de los ferries. El pasaje cuesta cerca de nueve dólares (por persona, sin carro) y es válido para el regreso.
Tras quince minutos de un plácido viaje, y disfrutando del calorcito veraniego, llegamos a Snug Cove, en Bowen Island. La zona contigua al terminal del ferry cuenta con una pequeña marina, varias tiendas y pequeños “restaurancitos.” Lo acogedor del lugar no fue suficiente para hacernos cambiar de planes, así que que nos pusimos en marcha.
Al tomar la primera calle a la derecha cruzamos por una pequeña represa poblada de patos, gansos y hasta un cisne, Dejando atrás la costa, el camino nos condujo entre cabañas y pinos hasta la entrada del sendero. A partir de allí, avanzaríamos en contacto absoluto con la naturaleza.
Alrededor del lago
Tras un corto trecho, nos encontramos de frente con Killarney Lake, un hermoso espejo líquido rodeado de pinos. Tomamos el sendero de la derecha y comenzamos nuestro recorrido alrededor del lago. Subidas y bajadas, puentecitos de madera y pinos, pinos y más pinos. El aroma me transportaba a mi niñez, cuando íbamos a comprar el pino natural para navidad.
En cierto punto del camino, el sendero desciende al nivel del lago y sale del bosque. Cambiamos el camino de tierra por una plataforma de madera que nos permite pasar sobre las aguas en un terreno pantanoso.
En esta área, la vegetación predominante son arbustos y juncos que surgen del pantano. Hay una especie de cementerio de árboles, una serie de troncos que se yerguen desde las aguas, recuerdo de cuando el lago no era un lago… de antes de la construcción del dique.
Más allá, una alfombra vegetal cubre parte de las aguas. Estar allí era como ver en vivo alguno de las famosas pinturas de nenúfares creadas por Monet.
Un buen chapuzón
Cuando ya casi habíamos rodeado el lago, una playita se abre generosa ante nosotros. Como la mayoría de las personas que llegaban, también nos dimos nuestro chapuzón en las frescas aguas. Disfrutamos de unos suculentos “sandwiches” y del gracioso espectáculo de un pato fastidiando a un estoico perro labrador.
Con una simpática señora hablamos largo y tendido. Vive cerca del lago y frecuentemente se baña en él. De paso, nos recomendó verificar si no teníamos alguna sanguijuela pegada al cuerpo… ¿sanguijuelas?… Pues sí… parece que abundan en el lugar. Afortunadamente, ningún bicho raro a la vista.
El sol y la temperatura comenzaban a bajar. Renovados por el baño y los alimentos emprendimos nuevamente el camino. El bosque y posteriormente la carretera guiaron nuestro recorrido de regreso a la costa. Cansados pero satisfechos del paseo navegamos nuevamente rumbo a casa.
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Una de las ventajas que te da el haber pasado ya cierto tiempo en un sitio es que empiezas a conocer de actividades y lugares más allá de lo promocionado en las guías turísticas. Una visita a Bowen Island es un perfecto paseo dominguero cargado con las apropiadas dosis de placer, deporte y aventura.
Cruzando el charco
Para ir a la isla, el primer paso fue llegar a la pintoresca localidad de Horseshoe Bay, al oeste de West Vancouver. A pesar de lo relativamente lejos se le puede llegar fácilmente usando el transporte público regular. Una vez allí, procedimos a comprar nuestro ticket para abordar uno de los ferries. El pasaje cuesta cerca de nueve dólares (por persona, sin carro) y es válido para el regreso.
Tras quince minutos de un plácido viaje, y disfrutando del calorcito veraniego, llegamos a Snug Cove, en Bowen Island. La zona contigua al terminal del ferry cuenta con una pequeña marina, varias tiendas y pequeños “restaurancitos.” Lo acogedor del lugar no fue suficiente para hacernos cambiar de planes, así que que nos pusimos en marcha.
Al tomar la primera calle a la derecha cruzamos por una pequeña represa poblada de patos, gansos y hasta un cisne, Dejando atrás la costa, el camino nos condujo entre cabañas y pinos hasta la entrada del sendero. A partir de allí, avanzaríamos en contacto absoluto con la naturaleza.
Alrededor del lago
Tras un corto trecho, nos encontramos de frente con Killarney Lake, un hermoso espejo líquido rodeado de pinos. Tomamos el sendero de la derecha y comenzamos nuestro recorrido alrededor del lago. Subidas y bajadas, puentecitos de madera y pinos, pinos y más pinos. El aroma me transportaba a mi niñez, al rito anual de la compra del pino canadiense para navidad.
En cierto punto del camino, el sendero desciende al nivel del lago y sale del bosque. Cambiamos el camino de tierra por una plataforma de madera que nos permite pasar sobre las aguas en un terreno pantanoso.
En esta área, la vegetación predominante son arbustos y juncos que surgen del pantano. Hay una especie de cementerio de árboles, una serie de troncos que se yerguen desde las aguas, recuerdo de cuando el lago no era un lago, de antes de la construcción del dique.
Más allá, una alfombra vegetal cubre parte de las aguas. Estar allí era como ver en vivo alguno de las famosas pinturas de nenúfares creadas por Monet.
Un buen chapuzón
Cuando ya casi habíamos rodeado el lago, una playita se abre generosa ante nosotros. Como la mayoría de las personas que llegaban, también nos dimos nuestro chapuzón en las frescas aguas. Disfrutamos de unos suculentos “sandwiches” y del gracioso espectáculo de un pato fastidiando a un estoico perro labrador.
Con una simpática señora hablamos largo y tendido. Vive cerca del lago y frecuentemente se baña en él. De paso, nos recomendó verificar si no teníamos alguna sanguijuela pegada al cuerpo… ¿sanguijuelas?… Pues sí… parece que abundan en el lugar. Afortunadamente, ningún bicho raro a la vista.
El sol y la temperatura comenzaban a bajar. Renovados por el baño y los alimentos emprendimos nuevamente el camino. El bosque y posteriormente la carretera guiaron nuestro recorrido de regreso a la costa. Cansados, pero satisfechos del paseo navegamos nuevamente rumbo a casa.
